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domingo, noviembre 07, 2010

Werner Herzog y el lenguaje del fin del mundo


En una nota en un diario leí una frase iluminadora: que Werner Herzog es el único director de cine capaz de hacer un remake de Titanic… pero desde la perspectiva del iceberg. Estas pocas palabras sintetizan los tópicos fundamentales de sus películas: su énfasis en la naturaleza, en lo gigantesco y en lo catastrófico, de poco presupuesto y carente de efectos especiales.

Werner Herzog nació en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. A causa de eso tuvo que mudarse de pequeño a un pueblo fronterizo, “totalmente separado del mundo exterior”, donde no conoció la existencia ni de cines ni teléfonos, ni siquiera de bananas, hasta su adolescencia. Uno de sus primeros recuerdos, según menciona en una entrevista, es ver en el horizonte la ciudad más cercana bombardeada y envuelta en llamas, a la que consideraba “el fin del mundo, el límite de mi universo”. En la misma entrevista, cuenta después, afirma que, a diferencia de los adultos, para los chicos de la época las ruinas de las ciudades no eran algo terrible sino un lugar maravilloso para jugar, como una inmensa hoja en borrador.
Estos elementos los menciono porque luego van a definir en su obra, que cuenta con más de cincuenta títulos en su haber. Para esta ocasión, sin embargo, el foco está puesto sobre Conquista de lo Inútil, el diario personal que escribió de 1979 a 1981 durante la filmación de su largometraje Fitzcarraldo, y que fue publicado recién veinticinco años después (Editorial Entropía, 2008, traducción de Ariel Magnus).
La hipótesis de lectura de este diario se vale de la ambigüedad de la frase “fin del mundo”. Por un lado en su acepción geográfica: aquello históricamente conocido como el fin de la tierra conocida; desde una perspectiva occidental, puede encarnarse en la selva, el desierto o los polos, o desde la perspectiva de un niño en la ciudad más cercana. Por otro lado, la frase “fin del mundo” puede referirse a la destrucción del planeta Tierra, o la extinción de la vida humana, o al menos el fin de la civilización tal como la conocemos. Esta ambivalencia es la que parece funcionar en obra de Herzog como un motor narrativo.
Para argumentar a favor de esta hipótesis, además del diario de filmación, me voy a apoyar en su filmografía; el corpus de esta lectura no puede abarcar toda su obra, pero el recorte intenta ser lo más significativo posible.
(Continuar leyendo)

Ahora bien, ¿de qué trata Fitzcarraldo? El protagonista que da nombre al título es un hombre obsesionado con construir una ópera en el medio de la selva amazónica. Para conseguir el dinero que necesita decide explotar los recursos naturales de una zona de difícil acceso. El plan de Fitzcarraldo para llegar hasta allí es arrastrar por tierra su barco de vapor de cuatrocientas toneladas de un río a otro.
La particularidad de la película es que Herzog en vez de utilizar efectos especiales creyó necesario arrastrar realmente el barco durante medio kilómetro a través de una colina empinada, argumentando que el público notaría la diferencia entre un barco real y uno de utilería. Cuando alguien sugiere aplanar la colina, Herzog escribe: “le dije que no lo iba a permitir porque de esa forma perderíamos la metáfora central de la película. Metáfora de qué, preguntó. Le dije que eso no lo sabía, sólo era una gran metáfora. Un barco de vapor siendo arrastrado a través de una montaña en el medio de la jungla es una imagen que los espectadores reconocen como a un amigo que hace tiempo no ven: pertenece al catálogo secreto de nuestros sueños.”
Herzog ha hablando en entrevistas del “vudú de la locación”, con lo cual se refería a la manera en que una locación de filmación conlleva una carga física, emocional o sensorial que transporta a la pantalla. En el caso de Fitzcarraldo, si bien admitió que podría haber filmado la película a un día o dos de Quito, eligió por el contrario filmar en la selva tropical, lejos de cualquier ciudad poblada.
Con esta decisión de producción aparece la primera acepción de “fin del mundo”: la selva. El autor no la presenta como un ambiente diáfano sino como uno violento. Mientras que Klaus Kinski, el actor protagonista, la describe como “erótica”, el director la describe como “obscena”.
“En el cielo de la selva se sucedían todas las mitologías del fin del mundo (…) Todo se transformaba más y más en algo encantado, el horizonte centelleaba con el loco pulso de la belleza. La noche inminente tiró todo abajo. La última resistencia contra la oscuridad fue espantosa y sangrienta y escalofriante. Yo apenas si respiraba, sabiendo que acaso ningún hombre había visto nunca algo así.” (202-3)
Estas circunstancias se repiten a lo largo de su filmografía: el Amazonas en Fitzcarraldo pero también en Aguirre, der Zorn Gottes; el desierto del Sahara en Fata Morgana, un volcán en erupción en La Soufrérie, las profundidades del océano y el espacio exterior en The Wild Blue Yonder, la Antártida en Encounters at the End of the World; una de las pocas ciudades, la New Orleans de The Bad Lietenaunt, todavía está arrasada por el huracán Katrina.
En la selva, como “fin del mundo”, cualquier cosa interrumpe la filmación de la película: “Saturado por imágenes del espanto permanecí despierto. ¿Habrá un terremoto? ¿Se hundirá el ‘Huallaga’? ¿Morirá K.?” (159).
En cambio, para los indígenas que actúan como extras en Fitzcarraldo, la selva funciona de la misma manera que el pueblo para el infante Herzog: “el mundo termina en el pongo, aunque algunas veces pasan flotando troncos y otros signos de personas lejanas del desconocido mundo ulterior” (161).
Este aislamiento se ve amenazado a su vez por empresas trasnacionales: en el epílogo del diario de filmación, el autor hace constar que la Shell se instala en la selva antes virgen para explotar un depósito de gas natural (245, 262).

La otra acepción de “fin del mundo” utilizada se refiere al fin de la civilización humana. Se puede clasificar en varias clases según cómo aparecen en el diario de filmación y en la filmografía referida.
La primera es la crueldad como verdadera esencia de la llamada civilización. En una entrevista Herzog afirma: “Estoy fascinado por la idea de que nuestra civilización es como una fina capa de hielo sobre un océano profundo de caos y oscuridad”. El hombre es constantemente puesto al mismo nivel que los animales: “Desconsiderados, como si no hubiera un mañana, los hombres, ya borrachos, estaban a la caza de una mujer para la noche, mientras que los mosquitos, a los que mueve un principio igual de desconsiderado, no prestaban atención a si uno estaba borracho, amaba o moría” (104).
Aún así, la crueldad no es una prerrogativa del hombre occidental: al finalizar el libro menciona el odio inclaudicable que se profesan las tribus indígenas que antes trabajaron con él (263). Como contracara, el autor se sorprende cuando conversa con una mujer indígena que desconoce no sólo la existencia de la bomba atómica sino también de las guerras mundiales (209).
Así como el origen de la palabra barbarie refería a aquellos que desconocían el idioma griego, la segunda característica del fin de la civilización corresponde a las limitaciones del lenguaje. Para describir su situación en la selva, utiliza esta comparación: “y yo, como en la stanza de un poema en una lengua extranjera que no entiendo, me encuentro allí profundamente asustado” (11)
Pero durante el período de filmación de Fitzcarraldo el problema no era tanto la dificultad de traducción de los dialectos indígenas, sino comunicarse con la ciudad. “De los acontecimientos importantes del mundo me entero por medio de breves fragmentos, hechos de oraciones sencillas de cinco palabras. Los llamados telefónicos que me llegan son desolaciones de larga distancia, marcadas por los malentendidos y los cortes, y divididas por las pausas eléctricas que provoca el tartamudeo de la corriente” (204-5). Cuando logra establecer comunicación, la ciudad también exhibe su crueldad: en tres ocasiones recibe las noticias sólo para enterarse de ataques magnicidas: a John Lennon, a Reagan, a Juan Pablo II (204).
Tampoco parece servir la escritura: la redacción del diario de filmación le causa sensaciones tan ambiguas que luego lo esconde por veinticinco años; ni tampoco la lectura: “A la noche terminé de leer un libro, y como me sentía muy solo, enterré el libro al borde de la selva con una pala prestada” (216)
El análisis de las limitaciones del lenguaje es común en la obra de Herzog: en una de sus primeras películas, Land des Schweigens und der Dunkelheit, realizó una aproximación al mundo de aquellos que son tanto ciegos como sordos; luego, en Jeder für sich und Gott gegen alle, quien después de estar aislado los primeros veinte años de su vida no sabía sino repetir una única frase; por otro lado, en Lektionen in Finsternis presenta una mujer que perdió a sus hijos en la primera guerra del Golfo y asimismo perdió la capacidad de hablar.
En Encounters at the End of the World, uno de los entrevistados es un lingüista quien con ironía señala que vive “en un continente sin lenguajes” y denuncia que en los próximos años se extinguirán el 90% de las lenguas humanos. Herzog, como narrador, responde que: “En nuestros esfuerzos por preservar especies en peligro hemos pasado por alto algo igualmente importante: para mí es el signo de una civilización profundamente perturbada que aquellos que abrazan árboles o ballenas son aceptados, mientras nadie abraza a los últimos hablantes de una lengua”.
El último aspecto del fin de la civilización está ligado a lo que se creía el origen del lenguaje: Dios. En su descripción de la selva, Herzog implora: “Sudor, sopor de tormenta, perros durmiendo. Huele a pis envejecido. En mi sopa nadaban hormigas y escarabajos como acompañamiento de los ojos de grasa. Todopoderoso, envíanos un terremoto” (52). Las alocuciones a Dios están directamente ligadas con las catástrofes, por lo cual esta acepción de “fin del mundo” es la misma que en “Apocalipsis”.
El apodo del Conquistador Aguirre que da subtítulo a la película es, precisamente, “la Ira de Dios”. El título original en alemán de Jeder für sich und Gott gegen alle significa “Cada hombre por sí mismo y Dios contra todos”, que expresa la forma en que Kaspar ve al mundo. Al comienzo de Lektionen in Finsternis, un epígrafe apócrifo de Pascal sentencia: “El colapso del universo estelar ocurrirá, como la creación, con un grandioso esplendor”; que esta frase sea en realidad de Herzog la revela como un manifiesto artístico personal.
Otro epígrafe, pero el que introduce la película Fitzcarraldo, dice: “Los indios llaman Cayahuari Yacu a estas tierras, que significa ‘donde Dios no acabó la Creación’. Sólo cuando desaparezca el hombre, Dios volverá para terminar su obra”. Lo mismo puede encontrarse en Aguirre, donde un indio dice que Dios, si es que existe, creó esa selva en un rapto de cólera, donde incluso las estrellas en el cielo se ven torcidas.

Ahora bien: lo que en Fitzcarraldo es la profecía de un mundo sin hombres, en Encounters at the End of the World y en The Wild Blue Yonder da un paso adelante. En el primero plantea al Polo Sur como el abismo de la historia donde no hay más expansión, y en cuyas aguas congeladas es posible encontrar recuerdos azarosos de diferentes épocas, por lo cual se pregunta qué pensarán hipotéticos extraterrestres si llegan al planeta Tierra mucho tiempo después de que todos los signos de nuestra civilización hayan desaparecido. En el segundo documental, The Wild Blue Yonder, responde esa pregunta bajo las convenciones de la ciencia ficción: el ser humano podría seguir existiendo pero no en la Tierra, que funcionaría como un “Parque Nacional de la Humanidad” donde pasar las vacaciones; de otra manera, el planeta se habría destruido.
Por consiguiente, el “fin del mundo” comprendido como post-histórico resulta igual que el pre-histórico: el mundo indígena antes del Conquistador, pero sobre todo antes del ser humano. Trasladando esta proyección al diario de filmación, es posible esbozar un paisaje de renovación: “El barco sobre la pendiente neblinosa era como un animal prehistórico desnudo” (240), o bien “A la noche tuve primero la sensación y después la certeza de encontrarme en una prehistoria crepuscular, muda y sin tiempo” (116), así como “Los sonidos nocturnos permanecen iguales, pero a la mañana, al levantarme, me encuentro en un mundo nuevo” (201).
En el epílogo del diario de filmación, Herzog vuelve al lugar donde estuvo el campamento, para no encontrar ninguna marca que registre su existencia (262). “Copos de espuma blancos y firmes flotan tranquilamente sobre el río, y van a seguir haciéndolo largo tiempo después de que nosotros nos vayamos de aquí, y aún cuando ya no haya ninguna persona sobre la Tierra, sino sólo insectos” (221). La violencia de la selva es la misma que limpia los restos de los vencidos - incluyendo, por supuesto, el barco de Fitzcarraldo.

Quise mostrar un eje temático que nuclea tanto las experiencias contenidas en Conquista de lo Inútil como en la filmografía de Herzog.
Por un lado, la selva es una frontera que comunica a un mundo más allá del mundo. Filmar una película en este entorno permite trasladar a la pantalla un mundo anterior (o posterior) a la influencia nociva del ser humano. Por otro lado, la reacción violenta de la selva evidencia la futilidad de los propósitos humanos. Esta lucha, aunque inútil, no carece de belleza.
Esta doble acepción de “fin de los mundos” remite entonces tanto a lo admirable como a lo terrible, el concepto griego de deinós, o mejor como lo expresa Herzog: “En mi choza, que cada vez está más vacía, habitan lo sublime y lo espectral como hermanos que ya no se hablan” (243)


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lunes, febrero 22, 2010

Zoom Anatómico

Michel Houellbecq: Les Particules élémentaires
Vintage International


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lunes, enero 18, 2010

La temperatura a la que el papel se enciende y arde

Ray Bradbury: Fahrenheit 451


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lunes, diciembre 07, 2009

jueves, noviembre 19, 2009

¿Hay una historia?

¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta. Con la carta viene una foto donde me tiene en brazos: desnudo, estoy sonriendo, tengo tres meses y parezco una rana. A él en cambio, se lo ve favorecido en esa fotografía: traje cruzado, sombrero de ala fina, la sonrisa campechana: un hombre de treinta años que mira el mundo de frente. Al fondo, borrosa y casi fuera de foco, aparece mi madre, tan joven que al principio me costó reconocerla.
La foto es de 1941; atrás él había escrito la fecha y después, como si buscara orientarme, transcribió las dos líneas del poema inglés que ahora sirve de epígrafe a este relato. No hubo otra tragedia en la historia de mi familia; ningún otro héroe digno de ser recordado. (Continúa) Varias versiones circulaban en secreto, confusas, conjeturales. Casado con una mujer de fortuna, mujer que llevaba el increíble nombre de Esperancita y de la que se decía que era delicada del corazón y que siempre dormía con la luz encendida y que en sus horas de melancolía rezaba en voz alta para que Dios pudiera oírla, el hermano de mi madre había desaparecido a los seis meses de matrimonio llevándose todo el dinero de su señora esposa para irse a vivir con una bailarina de cabaret de sobrenombre Coca. Con perfecta calma, sin perder su helada cortesía, Esperancita denunció el robo, movió influencias, hasta lograr que la policía lo encontrara, unos meses después, viviendo a todo tren y con nombre supuesto en un hotel de Río Hondo.
Me acuerdo de los recortes de diarios donde se hablaba del caso, escondidos en un cajón más o menos secreto del ropero, el mismo en el que mi padre guardaba Fisiología de las pasiones y mecánica sexual del profesor T. E. Van de Velde, autor de El matrimonio perfecto, y el libro de Engels sobre El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, junto con cartas, papeles y documentos diversos, entre ellos mi propia partida de nacimiento. Después de complicadas operaciones que ocupaban las siestas de mi infancia yo abría el cajón y en secreto espiaba los secretos de aquel nombre del que todos, en casa, hablaban en voz baja. Convicto y confeso decía (me acuerdo) uno de los titulares y siempre me emocionaba ese título, como si aludiera a acciones heroicas y un poco desesperadas. “Convicto y confeso”: repetía y me exaltaba porque no entendía bien el significado de las palabras y pensaba que convicto quería decir invencible.

Ricardo Piglia: Respiración Artificial


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jueves, mayo 14, 2009

In a hole in the ground

In a hole in the ground there lived a hobbit. Not a nasty, dirty, wet hole, filled with the ends of worms and an oozy smell, nor yet a dry, bare, sandy hole with nothing in it to sit down on or to eat: it was a hobbit-hole, and that means comfort.
(Continúa)

It had a perfectly round door like a porthole, painted green,
with a shiny yellow brass knob in the exact middle. The door opened on to a tube-shaped hall like a tunnel: a very comfortable tunnel without smoke, with panelled walls, and floors tiled and carpeted, provided with polished chairs, and lots and lots of pegs for hats and coats—the hobbit was fond of visitors. The tunnel wound on and on, going fairly but not quite straight into the side of the hill—The Hill, as all the people for many miles round called it—and many little round doors opened out of it, first on one side and then onanother. No going upstairs for the hobbit: bedrooms, bathrooms, cellars, pantries (lots of these), wardrobes (he had whole rooms devoted to clothes), kitchens, dining-rooms, all were on the same floor, and indeed on the same passage. The best rooms were all on the left-hand side (going in), for these were the only ones to have windows, deep-set round windows looking over his garden, and meadows beyond, sloping down to the river.
This hobbit was a very well-to-do hobbit, and his name was Baggins. The Bagginses had lived in the neighbourhood of The Hill for time out of mind, and people considered them very respectable, not only because most of them were rich, but also because they never hadany adventures or did anything unexpected: you could tell what a Baggins would say on any question without the bother of asking him. This is a story of how a Baggins had an adventure, and found himself doing and saying things altogether unexpected. He may have lost the neighbours" respect, but he gained—well, you will see whether he gained anything in the end.

J. R. R. Tolkien: The Hobbit


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lunes, abril 20, 2009

Barras y svásticas



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jueves, abril 16, 2009

Mrs. Dalloway said she would buy the flowers herself.

Mrs. Dalloway said she would buy the flowers herself.

For Lucy had her work cut out for her. The doors would be taken off their hinges; Rumpelmayer's men were coming. And then, thought Clarissa Dalloway, what a morning--fresh as if issued to children on a beach.

What a lark! What a plunge! For so it had always seemed to her, when, with a little squeak of the hinges, which she could hear now, she had burst open the French windows and plunged at Bourton into the open air. How fresh, how calm, stiller than this of course, the air was in the early morning; like the flap of a wave; the kiss of a wave; chill and sharp and yet (for a girl of eighteen as she then was) solemn, feeling as she did, standing there at the open window, that something awful was about to happen; looking at the flowers, at the trees with the smoke winding off them and the rooks rising, falling; standing and looking until Peter Walsh said, "Musing among the vegetables?"--was that it?--"I prefer men to cauliflowers"--was that it? He must have said it at breakfast one morning when she had gone out on to the terrace--Peter Walsh. He would be back from India one of these days, June or July, she forgot which, for his letters were awfully dull; it was his sayings one remembered; his eyes, his pocket-knife, his smile, his grumpiness and, when millions of things had utterly vanished--how strange it was!--a few sayings like this about cabbages.

She stiffened a little on the kerb, waiting for Durtnall's van to pass. A charming woman, Scrope Purvis thought her (knowing her as one does know people who live next door to one in Westminster); a touch of the bird about her, of the jay, blue-green, light, vivacious, though she was over fifty, and grown very white since her illness. There she perched, never seeing him, waiting to cross, very upright.

For having lived in Westminster--how many years now? over twenty,--one feels even in the midst of the traffic, or waking at night, Clarissa was positive, a particular hush, or solemnity; an indescribable pause; a suspense (but that might be her heart, affected, they said, by influenza) before Big Ben strikes. There! Out it boomed. First a warning, musical; then the hour, irrevocable. The leaden circles dissolved in the air. Such fools we are, she thought, crossing Victoria Street. For Heaven only knows why one loves it so, how one sees it so, making it up, building it round one, tumbling it, creating it every moment afresh; but the veriest frumps, the most dejected of miseries sitting on doorsteps (drink their downfall) do the same; can't be dealt with, she felt positive, by Acts of Parliament for that very reason: they love life. In people's eyes, in the swing, tramp, and trudge; in the bellow and the uproar; the carriages, motor cars, omnibuses, vans, sandwich men shuffling and swinging; brass bands; barrel organs; in the triumph and the jingle and the strange high singing of some aeroplane overhead was what she loved; life; London; this moment of June.
(Continúa)For it was the middle of June. The War was over, except for some one like Mrs. Foxcroft at the Embassy last night eating her heart out because that nice boy was killed and now the old Manor House must go to a cousin; or Lady Bexborough who opened a bazaar, they said, with the telegram in her hand, John, her favourite, killed; but it was over; thank Heaven--over. It was June. The King and Queen were at the Palace. And everywhere, though it was still so early, there was a beating, a stirring of galloping ponies, tapping of cricket bats; Lords, Ascot, Ranelagh and all the rest of it; wrapped in the soft mesh of the grey-blue morning air, which, as the day wore on, would unwind them, and set down on their lawns and pitches the bouncing ponies, whose forefeet just struck the ground and up they sprung, the whirling young men, and laughing girls in their transparent muslins who, even now, after dancing all night, were taking their absurd woolly dogs for a run; and even now, at this hour, discreet old dowagers were shooting out in their motor cars on errands of mystery; and the shopkeepers were fidgeting in their windows with their paste and diamonds, their lovely old sea-green brooches in eighteenth-century settings to tempt Americans (but one must economise, not buy things rashly for Elizabeth), and she, too, loving it as she did with an absurd and faithful passion, being part of it, since her people were courtiers once in the time of the Georges, she, too, was going that very night to kindle and illuminate; to give her party. But how strange, on entering the Park, the silence; the mist; the hum; the slow-swimming happy ducks; the pouched birds waddling; and who should be coming along with his back against the Government buildings, most appropriately, carrying a despatch box stamped with the Royal Arms, who but Hugh Whitbread; her old friend Hugh--the admirable Hugh!

"Good-morning to you, Clarissa!" said Hugh, rather extravagantly, for they had known each other as children. "Where are you off to?"

"I love walking in London," said Mrs. Dalloway. "Really it's better than walking in the country."

They had just come up--unfortunately--to see doctors. Other people came to see pictures; go to the opera; take their daughters out; the Whitbreads came "to see doctors." Times without number Clarissa had visited Evelyn Whitbread in a nursing home. Was Evelyn ill again? Evelyn was a good deal out of sorts, said Hugh, intimating by a kind of pout or swell of his very well-covered, manly, extremely handsome, perfectly upholstered body (he was almost too well dressed always, but presumably had to be, with his little job at Court) that his wife had some internal ailment, nothing serious, which, as an old friend, Clarissa Dalloway would quite understand without requiring him to specify. Ah yes, she did of course; what a nuisance; and felt very sisterly and oddly conscious at the same time of her hat. Not the right hat for the early morning, was that it? For Hugh always made her feel, as he bustled on, raising his hat rather extravagantly and assuring her that she might be a girl of eighteen, and of course he was coming to her party to-night, Evelyn absolutely insisted, only a little late he might be after the party at the Palace to which he had to take one of Jim's boys,--she always felt a little skimpy beside Hugh; schoolgirlish; but attached to him, partly from having known him always, but she did think him a good sort in his own way, though Richard was nearly driven mad by him, and as for Peter Walsh, he had never to this day forgiven her for liking him.

She could remember scene after scene at Bourton--Peter furious; Hugh not, of course, his match in any way, but still not a positive imbecile as Peter made out; not a mere barber's block. When his old mother wanted him to give up shooting or to take her to Bath he did it, without a word; he was really unselfish, and as for saying, as Peter did, that he had no heart, no brain, nothing but the manners and breeding of an English gentleman, that was only her dear Peter at his worst; and he could be intolerable; he could be impossible; but adorable to walk with on a morning like this.

(June had drawn out every leaf on the trees. The mothers of Pimlico gave suck to their young. Messages were passing from the Fleet to the Admiralty. Arlington Street and Piccadilly seemed to chafe the very air in the Park and lift its leaves hotly, brilliantly, on waves of that divine vitality which Clarissa loved. To dance, to ride, she had adored all that.)

*
Virginia Woolf: Mrs Dalloway


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viernes, abril 10, 2009

An unhappy alternative

Mr. Bennet raised his eyes from his book as she entered, and fixed them on her face with a calm unconcern which was not in the least altered by her communication.
"I have not the pleasure of understanding you," said he, when she had finished her speech. "Of what are you talking?"
"Of Mr. Collins and Lizzy. Lizzy declares she will not have Mr. Collins, and Mr. Collins begins to say that he will not have Lizzy."
"And what am I to do on the occasion? It seems an hopeless business."
"Speak to Lizzy about it yourself. Tell her that you insist upon her marrying him."
"Let her be called down. She shall hear my opinion."
Mrs. Bennet rang the bell, and Miss Elizabeth was summoned to the library.
(Continúa)
"Come here, child," cried her father as she appeared. "I have sent for you on an affair of importance. I understand that Mr. Collins has made you an offer of marriage. Is it true?" Elizabeth replied that it was. "Very well—and this offer of marriage you have refused?"
"I have, sir."
"Very well. We now come to the point. Your mother insists upon your accepting it. Is it not so, Mrs. Bennet?"
"Yes, or I will never see her again."
"An unhappy alternative is before you, Elizabeth. From this day you must be a stranger to one of your parents. Your mother will never see you again if you do not marry Mr. Collins, and I will never see you again if you do."
Elizabeth could not but smile at such a conclusion of such a beginning, but Mrs. Bennet, who had persuaded herself that her husband regarded the affair as she wished, was excessively disappointed.
What do you mean, Mr. Bennet, in talking this way? You promised me to insist upon her marrying him."
"My dear," replied her husband, "I have two small favours to request. First, that you will allow me the free use of my understanding on the present occasion; and secondly, of my room. I shall be glad to have the library to myself as soon as may be."

*

Jane Austen: Pride and Prejudice


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jueves, abril 02, 2009

Mucho tiempo he estado acostándome temprano

Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: «Ya me duermo» . Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado: no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido, los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; en seguida recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos, y aun más quizá para mi espíritu, al cual se aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente oscura. Me preguntaba qué hora sería; oía el silbar de los trenes que, más o menos en la lejanía, y señalando las distancias, como el canto de un pájaro en el bosque, me describía la extensión de los campos desiertos, por donde un viandante marcha de prisa hacía la estación cercana; y el caminito que recorre se va a grabar en su , recuerdo por la excitación que le dan los lugares nuevos, los actos desusados, la charla reciente, los adioses de la despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche, y la dulzura próxima del retorno.
(Continúa)

Apoyaba blandamente mis mejillas en las hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y tan frescas, que son como las mejillas mismas de nuestra niñez. Encendía una cerilla para mirar el reloj. Pronto serían las doce. Este es el momento en que el enfermo que tuvo que salir de viaje y acostarse en una fonda desconocida, se despierta, sobrecogido por un dolor, y siente alegría al ver una rayita de luz por debajo de la puerta. ¡Qué gozo! Es de día ya. Dentro de un momento los criados se levantarán, podrá llamar, vendrán a darle alivio. Y la esperanza de ser confortado le da valor para sufrir. Sí, ya le parece que oye pasos, pasos que se acercan, que después se van alejando. La rayita de luz que asomaba por debajo de la puerta ya no existe. Es medianoche: acaban de apagar el gas, se marchó el último criado, y habrá que estarse la noche enteró sufriendo sin remedio.

Me volvía a dormir, y a veces ya no me despertaba más que por breves instantes, lo suficiente para oír los chasquidos orgánicos de la madera de los muebles, para abrir los ojos y mirar al calidoscopio de la oscuridad, para saborear, gracias a un momentáneo resplandor de conciencia, el sueño en que estaban sumidos los muebles, la alcoba, el todo aquel del que yo no era más que una ínfima parte, el todo a cuya insensibilidad volvía yo muy pronto a sumarme. Otras veces, al dormirme, había retrocedido sin esfuerzo a una época para siempre acabada de mi vida primitiva, me había encontrado nuevamente con uno de mis miedos de niño, como aquel de que mi tío me tirara de los bucles, y que se disipó .fecha que para mí señala una nueva era. el día que me los cortaron. Este acontecimiento había yo olvidado durante el sueño, y volvía a mi recuerdo tan pronto como acertaba a despertarme para escapar de las manos de mi tío: pero, por vía de precaución, me envolvía la cabeza con la almohada antes de tornar al mundo de los sueños.

*



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martes, marzo 31, 2009

Los últimos días de Roberto Arlt

Tanto se ha escrito sobre la obra de Roberto Arlt que quizás supere la extensión de la considerable obra del autor de "Los siete locos". Sólo recientemente se ha investigado su biografía. Al conmemorarse los 100 años de su nacimiento, Alvaro Abós, que entrevistó a su viuda, reconstruye parte del final de su vida y devela su relación con un plástico uruguayo.

Alvaro Abós

El sábado 20 de mayo de 1939 una empleada de la Editorial Haynes salió de su trabajo al mediodía y fue caminando por la calle Rio de Janeiro hacia Rivadavia. Un hombre que estaba parado en la puerta de una pensión, en Rio de Janeiro al 200, la abordó.

Ella se llamaba Elizabeth Mary Shine, tenía 27 años y era la secretaria de León Bouché, director de El Hogar, una de las publicaciones de la editorial. El tenía 39 y era Roberto Arlt, conocido escritor que en El Mundo, el diario matutino de Haynes, había hecho populares sus "aguafuertes porteñas". Ella, que no tenía buena vista, no lo identificó enseguida.

-¿La puedo acompañar, Elizabeth?

-Ah, señor Arlt. No lo había conocido.

Se habían visto ya varias veces, porque Arlt, además de escribir en El Mundo, lo hacía también en El Hogar y Mundo Argentino, que tenían su redacción y administración en el edificio, rematado con una cúpula poderosa, que se alzaba en la esquina de Bogotá y Rio de Janeiro. No hacía mucho, Roberto y Elizabeth habían conversado sobre el casamiento entre el príncipe Eduardo de Windsor, y la plebeya Walli Simpson, un tema que entonces estaba en boca de todos. Roberto sostenía que Walli era tan atractiva que por ella valía la pena perder un reino. Elizabeth, como buena hija de irlandeses, sostenía en cambio que a aquel noble inglés le faltaba coraje para subir al trono.

Aquel mismo sábado, Roberto la acompañó hasta la calle Iberá, en Núñez, donde ella vivía con la madre. Le dijo que, para hablarle, se había dado coraje tomando unas copas en el bar de Rivadavia y Rio de Janeiro. El domingo 21 también se vieron, pasearon por la plaza de San Isidro.

-Usted es casado, Arlt, y los hombres casados no me interesan -le advirtió ella.

-Pero estoy separado. Hoy es domingo, los tribunales ¿están cerrados? Bueno, mañana mismo hablo con el abogado para que inicie los trámites del divorcio.

Hacía tiempo que la miraba en la editorial, le dijo él, y que se había enamorado de ella. "Por fin te encuentro", le confesó ese domingo, antes de besarla por primera vez.
(Continúa)
Una fotografía de la época muestra a Elizabeth con un corte de pelo a la garçon, morena, de ojos intensamente oscuros. El padre había tenido una librería en la calle Florida -Mackern & Shine- de la que ella heredó "maravillosos libros ingleses ilustrados", y la familia era amiga de los Láinez, dueños de El Diario, donde Elizabeth trabajó un tiempo: era la única mujer de la redacción. Tras ser la secretaria del director en El Hogar, fue traductora y periodista en revistas femeninas. Pero eso sería años después, cuando murió Roberto y ella quedó viuda y con un hijo.

Durante los tres años que estuvieron juntos, Elizabeth acompañó a Roberto en sus andanzas por la vida bohemia de Buenos Aires. Compartían todo: teatros, cines, restaurantes, largas charlas en bares. Ella reconoce que nunca fue una especialista en literatura. En 1990 le confió a Alberto Mario Perrone que Roberto "me pidió que no los leyera (sus libros) porque me iban a entristecer. Ojeé El amor brujo por curiosidad, ya que él conservaba una foto de la jovencita protagonista de la novela y todo el tiempo me hablaba de ella".

El primer regalo que Roberto le hizo a Elizabeth fue la novela El hombrecillo de los gansos, de Jacob Wasserman. También le regaló novelas del portugués Eça de Queirós, al que Roberto admiraba. Como Julia tenía una criada gallega que hablaba todo el tiempo, él se fijaba en el almanaque para saber a qué santo estaba dedicado el día y entonces le advertía a la empleada que debía guardar silencio por respeto a ese patrono. El segundo obsequio tangible de Roberto fue un jamón. Durante mucho tiempo estuvo comiendo por las noches lonjas de jamón con huevos fritos en la casa de la calle Iberá.

El 18 de marzo de 1940 el Teatro del Pueblo, al que Arlt entregó toda su producción, había puesto en escena La fiesta del hierro. Arlt dividió los derechos de autor cobrados por esa obra en dos partes iguales, una fue para su hija Mirta y la otra para Elizabeth. Con los quinientos pesos que le dio Roberto (agregando cien de su bolsillo) Elizabeth compró un anillo de brillantes que sirvió de anillo de bodas ya que él "no usaba cintillo porque sus ideas eran las de un comunista sin ser un militante". Arlt también mantenía a su anciana madre, Catalina Iopztraibizer, que vivía en Cosquín. Lila, la única hermana de Arlt, con la que éste tuvo una relación estrecha, había muerto en 1937. "El sueldo de El Mundo -relata Raúl Larra- no resuelve todos sus compromisos, a pesar de que lleva una vida modesta. Por eso, cuando un amigo le propone colaborar con un nuevo diario, Santa Fe de Hoy, por una retribución de ciento cincuenta pesos mensuales, acepta encantado." Arlt le enviaba cada mes 40 pesos a su hija, y la misma suma a su esposa Carmen Antinucci y a su madre. Estos apremios explican que dedicara tiempo y energía a sus proyectos industriales, en los que veía una posibilidad de salvación económica.

Arlt había inventado un procedimiento para fabricar medias de mujer cuyo punto no se corre en la malla. Lo registró en 1934 y renovó la patente el 12 de enero de 1942, adjuntando una memoria donde describe las cinco fases del proceso de vulcanización de las medias. La atracción de Arlt hacia las ciencias se manifestaba en algunos de sus personajes: Silvio Astier, protagonista de El juguete rabioso, había inventado un cañón; Balder, en El amor brujo, era proyectista; Erdosain, en Los siete locos, había delineado el plano para una fábrica de fosgeno e inventado la rosa de cobre, una tintorería para perros, y unos puños de camisa metalizados. Para explotar el descubrimiento de las medias de mujer que no se corrían, Arlt se asoció con el actor Pascual Nacaratti, creando una sociedad llamada Arna. Mientras Nacaratti busca créditos, Arlt alquila un taller en Lanús en el cual se instalan algunos aparatos: un autoclave, un barómetro, una pierna de duraluminio. En Córdoba y Larrea, en una de las tantas piezas de pensión que ocupó con Elizabeth, Arlt tenía un tubo de oxígeno y grandes cantidades de caucho, que compraba para experimentar en cuanto disponía de algún dinero. Un día lo visita Leónidas Barletta y encuentra todo el techo salpicado con caucho.

-Fue un accidente. Estoy experimentando, ¿sabés? -se disculpa Roberto.

Según Elizabeth, Pablo Mounier, la persona que le vendía el caucho, le aconsejaba que abandonara esa idea. "Pero nadie podía con él. Como escribía sus notas en veinte minutos, le sobraba tiempo para sus locuras y vagabundeos." Arlt había abandonado el proyecto de las medias por irrealizable, pero tornaba a aferrarse a él cuando estaba acosado por la falta de dinero. "Era una obsesión, una desesperación." Elizabeth le dijo a Francisco Urondo en 1969 que "las medias quedaban cubiertas por una malla gruesa, ¿qué mujer se va a poner eso, si parece piel de pescado? Pero él, por mi oposición a su proyecto, me consideraba una enemiga".

Cualquier motivo era bueno para que Elizabeth y Roberto pelearan. Se querían y, al mismo tiempo, se rechazaban. "Los dos éramos terriblemente celosos. Antes de que saliera para Chile, yo le aclaré que no tenía vocación de Penélope y él se puso furioso. En realidad había comenzado un pulóver, pero no tenía intención de terminarlo y empezar de nuevo. A veces él me pegaba en la calle, pero yo le devolvía. En el 41, antes de hacer un viaje a Campana, quiso hacer el amor pero yo no quise; entonces se puso furioso y me dijo: 'En este viaje me voy a morir', y se fue. Cuando se fue a Chile quería hacer un viaje largo, quería librarse de mí.

Sufríamos mucho. Yo también hubiera querido encontrarme una provinciana con uno de esos filtros que me hiciera olvidar de Roberto. Era un sufrimiento, pero también era una necesidad estar juntos. Era un amor a pesar de nosotros."

Corazón y cigarrillos. En algún momento de la década del 30 a Arlt le descubrieron una afección cardíaca. Se le prescribió un tratamiento que incluía ejercicios físicos. Junto a dos amigos, uno de ellos el escritor Córdova Iturburu, se inscribieron en la ymca (Asociación Cristiana de Jóvenes), en cuyo gimnasio practicaron deportes. Arlt retrató algunos personajes pintorescos que allí conoció en su aguafuerte "Motivos de la gimnasia sueca" y también en un cuento, "La clase de gimnasia". Pero la decisión de cuidar su físico nunca fue muy sólida. Relata su amigo César Tiempo que Arlt "era un ciclotímico. Tan pronto se inscribía en la Young Men y soñaba con triunfar en clamorosos campeonatos internacionales de boxeo o de natación, renunciaba al café y al cigarrillo (el café y el cigarrillo que terminaron por matarlo) y se sentaba tieso y recto como una columna, tan pronto tomaba tantas o más tazas de café que las que le atribuyen a Balzac, fumaba como un murciélago y escribía alucinado, desmoronándose sobre la máquina, olvidando las prescripciones de su profesor de gimnasia".

Arlt no tomaba en serio sus síntomas, si bien, recuerda Elizabeth, algún sacrificio hacía, como abandonar los cigarrillos rubios que fumaba. En una segunda visita a un médico que tiene su consultorio en un noveno piso le dice: "Doctor, los adelantos en su ciencia son muy relativos. Hice todo lo contrario de lo que usted me indicó; acabo de subir por la escalera y estoy lo más bien".

Un pésimo augurio. La vida de Roberto Arlt durante sus últimos tres años gira alrededor de cuatro mujeres: Elizabeth, su amante y luego su esposa; Mirta, su hija; Carmen Antinucci, su primera mujer; y su madre Catalina Iopztraibizer, triestina, a quien Roberto llama Vecha.

Una carta de Vecha de 1940 comienza con un pésimo augurio: "Querido Roberto: No me siento nada bien y quiero decirte una cosa antes de morir". Sin embargo Vecha no murió entonces sino que tuvo que atravesar el trance de enterrar a su hijo -como antes había enterrado a Lila- y sobrevivirlo ocho años. Escribe la madre al hijo, con su pintoresca ortografía: "Te ruego para el bien de tu alma, para tu salvación, buscate un fraile o un cura y confesate y comulgá y decile que también te dé el sacramento de la confirmación que tú no lo recibiste, contale toda tu vida y él te aconsejará pues querido hijo quiero decirte que lo que enseña la religión católica es la pura verda y sepas que en la Santa Eucaristía hai Jesucristo vivo Dios omnipotente, a mí, miserable pecadora me dio la grazia de verlo con estos ojos corporales, a la Mirta decile que crea en Dios y que se confiese y comulge pues recibió el Sacramento Del Matrimonio sin hacerlo y fue un sacrilegio, te digo todo esto porque deseo el vuestro bien te digo querido Roberto que tu morte es mui probable que sea istantánea y se no estás preparado que será de tú en el otro mundo, que Dios me mande todas las penas a mí pero que te salve a tú. A la Carmen desile también que sea buena y que yo le perdono sus cartas ofensivas. Termino esta pidiéndote perdón por la poca instrucción religiosa que te di en tu infancia y te ruego no desprecies lo que te pido que es la voz de Dios que por mi medio llega hasta tú. Con toda mi alma te abrazo y te vendigo y siempre rezaré por tú. Su mama Catherina Iopztraibizer de Arlt".

Las admoniciones de Vecha debieron afectar a Arlt, que siempre había sido sensible a los actos de adivinación. Solía recurrir a horóscopos, adivinos y tiradores de tarot.

Cuando la entrevisté en 1999, Elizabeth, a pesar de la agria enemistad que la separa de Mirta, reconoció que Roberto adoraba a su hija con locura. Cuando venía a Buenos Aires, Mirta visitaba a su padre en las pensiones en las que Elizabeth y Roberto vivieron durante los tres años de su relación. Lo hacía por las mañanas, cuando Elizabeth se iba para su trabajo en Haynes. En una carta, Roberto explica a su hija su propia relación con Elizabeth como un amigo lo haría con una amiga: "Elizabeth y yo, como siempre, lágrimas y sonrisas, besos y patadas. Como de costumbre, somos la piedra del escándalo de las honradas pensiones. Es el amor".

La huIda a Chile. A fines de 1940 Roberto Arlt, que ya había hecho otros viajes como enviado especial de El Mundo (a España, Marruecos, Uruguay, Brasil, la Patagonia), recibe de Carlos Muzzio Sáenz Peña, su director, el encargo de iniciar una larga gira por América, hasta México. Arlt suspende con este viaje un momento complicado de su vida. ¿Qué hace en Chile? ¿Qué significa ese viaje para él? Según Elizabeth: "Se había peleado conmigo y quería irse. Cuando se fue, ya nos habíamos amigado, aunque nos volvimos a pelear por carta". De este tiempo, según el relato que Elizabeth hizo a Urondo, data el episodio de las cartas: "Un día voy a trabajar y me encuentro con una serie de sobres escritos con su letra y dirigidos a distintos amigos de la redacción. Todavía era temprano, no había llegado nadie y me apropié de ellos y los abrí: decía cosas espantosas de mí, incluso intimidades. Hice desaparecer las cartas y al rato me avisaron que tenía una llamada de larga distancia: era él desde Chile que me decía arrepentido: 'Hice una gran macana, les mandé unas cartas a esos piojosos, sacáselas que no las vayan a leer'. Después me pidió que fuera a pasar unos días con él".

A fines de ese año Volodia Teitelboim encuentra a Arlt en Santiago: "Llegó una tarde a la redacción del diario El Siglo, en busca de un antiguo conocido, Raúl González Tuñón". El poeta de La rosa blindada estaba radicado en el país andino. Con la ayuda de Raúl y de Volodia, Arlt consiguió que la editorial Zig Zag le publicase, en 1941, su libro de cuentos El criador de gorilas. Según Teitelboim, Arlt "trataba de escapar no de la policía sino del amor. Un amor que siguió enloqueciéndolo a este lado del monte".

Ultimo día de 1940. Volodia va a despachar una carta urgente al Correo Central de Santiago. Atraviesa la Plaza de Armas, solitaria y lunar bajo la mole de la catedral. En un banco, un hombre solloza. No parece un pordiosero ni un vagabundo. Volodia se acerca. "Era Roberto Arlt. Me senté junto a él, con ganas de consolarlo. Allí me murmuró aquella frase sobre las cadenas del amor que al tratar de romperlas despedazan al hombre por dentro. Era un llanto incontenible." Han pasado sesenta años y Volodia, que en 1940 era un joven dirigente comunista, y hoy es un consagrado escritor sin edad, cronista de la memoria propia y ajena, agrega otro detalle: "Cada vez que iba a la cárcel a ver a los compañeros, Arlt quería venir conmigo, le gustaba visitar encarcelados y me contaba de sus visitas a la penitenciaría de Las Heras, donde había visto cómo fusilaban a Severino di Giovanni".

Arlt piensa ir al sur de Chile y consigue también un pasaje para Elizabeth que va a Santiago para seguir en tren al sur. Llegan a Puerto Montt y se inicia lo que Elizabeth llama "nuestra única época de armonía". Su memoria guarda imágenes de aquel paréntesis de felicidad: una función de cine donde daban La bestia humana hablada en francés, y cuando se encienden las luces descubren que están rodeados de indios mapuches descalzos. Un viaje a la isla de Tenglo donde se deleitan con torta de cereza, chicha de manzana, tortilla de erizo. Roberto tiene mucho apetito, pide también ostras y vino Concha y Toro. "Total, paga el gobierno."

Pero Chile no es sólo el amor. Roberto lee un libro que ha causado sensación: Chile o una loca geografía, del médico Benjamín Subercaseaux, al cual Gabriela Mistral le ha advertido que "van a zarandearlo por la gruesa columna de reparos que levanta en frente de la chilenidad". Algunos párrafos de este retrato geográfico y humano de Chile (que ha resistido bien el paso del tiempo y es considerado hoy en Chile como un libro clásico) molestan a Arlt y se insurge contra ellos. Que el autor dijera, por ejemplo: "(la mujer chilena) es muy hermosa en realidad, pero solamente en cierta clase media y en la aristocracia, donde la filiación europea es reciente. La chilena 'antigua' y, sobre todo la popular, es francamente fea. Carece de finura, es ancha de caderas y desmayada de pechos. Ninguno de los matices de la piel y del color que presenta el hombre se ve en ellas. Son extraordinariamente uniformes y desprovistas de gracia", resultaba intolerable para Arlt, quien escribe un artículo llamado "Chile a través de un aristócrata" que publica en mayo de 1941 en una revista de Buenos Aires. "Dudo que haya país en Sudamérica donde las masas hayan sido más cruelmente explotadas, hambreadas, masacradas y calumniadas que las masas proletarias de Chile. Albergándose cuando pueden en un conventillo que nos recuerda las más salvajes descripciones gorkianas, semidesnudos, en compañía de sus mujeres semidesnudas, estos tremendos desdichados han tenido que soportar sobre sus espaldas una sociedad que engendra -¡vean ustedes!- literatos como Benjamín Subercaseaux, banqueros como Edwards, financieros como Ross Santa María."

Elizabeth vuelve de Chile y Roberto, en lugar de seguir su gira por América, también regresa.

Casamiento en Pando. La relación que ligaba a Roberto y Elizabeth no podía permanecer oculta por más tiempo. Iban y venían por Buenos Aires, mil ojos los controlaban. "Mi jefe -cuenta ella- un buen día me interrogó sobre mi 'secreto' noviazgo. Y me dijo que, si me casaba con Roberto Arlt, perdía mi trabajo de secretaria." Según Elizabeth, ningún jerarca hubiera admitido que una persona como Arlt tuviera acceso a sus secretos, uniéndose sentimentalmente a su colaboradora más cercana.

Una noche caminaban por la avenida Juan B Justo, bajo las luces de mercurio que acababan de ser instaladas. Ella era más baja, lo miró hacia arriba. "Me pareció verle cara de muerto. La luz, que sentí maldita, le daba una palidez azulina." Si a Elizabeth la echaban, el sueldo que él ganaba, descontado lo que destinaba a su madre, su mujer enferma y su hija, no iba a alcanzarles.

"El se desesperó."

-¿Y si nos casamos en Uruguay?

Fueron un 25 de mayo. Bebieron whisky acodados en la borda del Vapor de la Carrera. Se casaron en Pando ("Roberto era conocido en Montevideo"), adonde los llevó y les salió de testigo un español amigo de Roberto -uno más de sus sempiternos locos-, un tal García Quevedo, rojo exiliado que dormía envuelto en la bandera tricolor de la República, por si lo sorprendía la muerte.

"De regreso, bajamos del tren en la estación Núñez, y en una panadería él compró masas y las trajimos a casa de mamá. Después nos fuimos a la editorial. Ni mi más íntima amiga, Adriana Piquet, la esposa del escritor Carlos Alberto Leumann, sabía nada."

Roberto nunca tuvo casa propia. Vivía en pensiones, al principio en cuartos miserables como los que albergaron a Silvio Astier. Después, cuando se ganaba bien la vida como escritor y periodista (llegó a tener un sueldo de trescientos pesos), pasó a ocupar pensiones de más categoría: en aquella época eran un tipo de vivienda apreciada, pero debía mudarse con frecuencia por sus problemas con las dueñas -muchas eran viudas alemanas-. Según Elizabeth, "éramos buenos pagadores pero malos inquilinos".

Un día Arlt descubre que ama la música -a la que encuentra afinidad con la química y las matemáticas- y comienza a estudiar piano. Adquiere uno, pero en sus constantes mudanzas, y antes de cerrar trato con la nueva dueña, Arlt aclara:

-Vea, señora, tengo un pianito.

-Nada, un pianito, ¿sabe?

-Bueno, tráigalo, no hay inconveniente.

Pero luego resulta que el tal pianito suena a las cuatro de la madrugada. Y la dueña los manda con la música a otra parte.

Arlt viaja a Córdoba durante la primera quincena de julio de 1942 para visitar a su madre y su hija. En cuanto lo vi llegar -relató Mirta a la revista Primera Plana- corrí a comprarle ropa de lana, para que se abrigase. Estaba mal vestido, cansado, parecía no importarle el frío tremendo de la sierra. Aquella vez Arlt llevó a Córdoba el manuscrito de su nueva obra, El desierto entra a la ciudad, para arreglar el final. "Una mitad estaba escrita a máquina y la otra a mano. Le gustaba escribir a mano, acostado y escuchando música", recuerda Mirta.

Durante las dos semanas que pasó en Cosquín, Roberto y Mirta pasearon por las calles dormidas del pueblo, conversando. El quería escapar de las agobiantes recriminaciones de Vecha que clamaba por el regreso de Roberto a la fe católica y le anticipaba que, si no se convertía, lo esperaba una muerte próxima.

Hizo mucho frío aquel invierno en Córdoba. Padre e hija se refugiaban en un viejo café vecino a la iglesia. "Nuestras caminatas se iniciaban temprano, luego de tomar un café con ginebra. El perro de un vecino se aficionó a nosotros y nos seguía continuamente; entonces él agregaba a las ginebras un café con leche para el amigo."

Llegó el momento de la despedida. Vecha se quedó en la puerta, mirando cómo la alta figura, con las espaldas cargadas, con su sobretodo hasta los pies, con el sombrero que le ocultaba la cabellera enmarañada cada vez más gris, se alejaba hacia la estación acompañada de la muchacha delgada y casi tan alta como él. Mirta volvió la vista sólo una vez: la anciana lloraba. Luego miró a su padre y le pareció entrever, bajo el ala baja, los ojos anegados en lágrimas. Mirta y Roberto se abrazaron muy fuerte antes de que él trepara al vagón.

Cuidado con la tristeza. La mañana del sábado 25 de julio de 1942, Elizabeth ya se ha ido a Haynes cuando él despierta al mediodía. Roberto recuerda la conversación que han tenido la noche anterior, sobre el hijo que esperan. Si es varón, él quisiera llamarlo Lito. Si es mujer Gema, que Roberto pronunciaba Yema. A Elizabeth ese nombre no le gustaba. A la tarde, ella no trabaja, irá a ver a su madre. El desayuna en la cama y se va al diario. Termina su artículo ("¡Sería su último artículo!"). Come con León Bouché en el restaurante Napoleón, de Rivadavia y Boedo. Llega a tiempo para la función vermú del Teatro del Pueblo. Aunque es una obra que ya ha visto varias veces (La Mandrágora, de Maquiavelo), le fascina presenciar la faena de los actores. Luego camina desde Corrientes 1530 (el Teatro del Pueblo funcionaba entonces donde hoy está el San Martín) hasta Rodríguez Peña 80, la sede del Círculo de la Prensa, donde se vota para renovar autoridades. Allí se encuentra con muchos amigos, entre ellos César Tiempo.

El autor de Pan criollo lo abraza. Roberto le dice: "¿Te acordás de la historia del tercer ojo que le conté a los malandras de tu lechería? La inventé en ese momento pero después resultó que las cosas eran tal cual las había inventado y el tercer ojo no me deja dormir desde aquella noche. He visto cosas increíbles, monstruosas, indescriptibles como ese Maelstrom de Edgar Allan Poe que todo lo arrastra hacia su vórtice. Las escribí todas para sacármelas de aquí -y se señalaba la frente-. Y ahora tengo miedo de ver en el enorme vacío donde atisba el más allá esa mirada aterradora capaz de vaciarnos el alma y a la que es imposible oponer la simple mirada de nuestros ojos humanos".

"Hablamos -sigue relatando César Tiempo- de sus experiencias en las minas de Bilbao y de la alegría fervorosa de las tertulias madrileñas, de tantas caminatas y conversaciones." César Tiempo y Roberto Arlt se despiden con un juego habitual en ellos: intercambian frases hechas a modo de exhortaciones:

-Cuidado con la tristeza! ¡Es un vicio!

-¡Ganemos la batalla por prepotencia de trabajo!

-¡La solemnidad es la dicha de los imbéciles!

-Asistimos al crepúsculo de la piedad en el peor de los mundos posibles.

-¡No aflojemos!

De pronto, Roberto se ha sentido muy cansado. Saluda a todos. Está contento de haber acudido al Círculo, que frecuenta poco; advirtió cuánta gente lo quiere. Mientras camina hasta la parada del tranvía, compra uno de los primeros ejemplares del diario del domingo.

Elizabeth ha relatado así lo sucedido el domingo 26 de julio en la pensión de la calle Olazábal: "Dormíamos y a eso de las nueve entró la chica trayéndonos el desayuno. Roberto y yo siempre dejábamos que se nos enfriara el café en la bandeja. Ese día, una vez despiertos, nos pusimos a conversar. Me contó que la noche anterior había estado en el Círculo. Como tres meses después iba a nacer nuestro hijo, me contó que había averiguado por los servicios médicos que tenía la institución: disponíamos del Anchorena. 'Debe ser un sanatorio importante -me dijo-, porque tiene muchos teléfonos.' Los últimos minutos de su vida los dedicó a pensar en el hijo que iba a llegar. Yo estaba de espaldas a él, mirando hacia la pared. Le pregunté la hora y él me contestó: 'No sé'. Eso fue lo último que dijo. Después oí un ronquido, un estertor. Ya se había producido el ataque. Corrí a llamar al médico. No me dejaron subir: estaba embarazada de seis meses y la gente siempre tiene miedo por la criatura. En seguida, a los diez minutos, vino el doctor Muller. Subí con él, pero ya se había muerto. Eran las diez y media de la mañana".

Lo velaron en el Círculo de la Prensa toda la noche entre el domingo y el lunes. En la tarde del domingo había comenzado a caer una fina garúa. Las mismas caras que lo habían despedido risueñas 24 horas antes lo reciben demudadas. Cuando retiran el ataúd para llevarlo a la Chacarita, los jóvenes actores del Teatro del Pueblo insisten en sostener el féretro. Aquel lunes, miles de argentinos leen en El Mundo la noticia de la muerte de Roberto Arlt junto a su artículo póstumo: se titula "El paisaje en las nubes" y comienza con estas palabras: "Evidentemente, los hombres no eligen sus padres ni sus destinos".

"El martes -recuerda Elizabeth- fuimos al cementerio mi madre, mi suegra, Mirta y yo. Además, dos hombres: sus amigos Diego Newbery y Guillermo Short Thompson. Ese mismo día yo retiré las cenizas. Siguió lloviendo muchos días más, después volvió a salir el sol. Un día de agosto, en un atardecer frío, fuimos al Tigre en una lancha-colectivo. Un lugar del cual Roberto gustaba mucho. Era fácil llevar las cenizas, estaban en un cofre pequeño, me acompañaban Leónidas Barletta y Diego Newbery. Estuvimos recordándolo esa tarde y después le dijimos adiós, y en aguas del Paraná, donde confluyen el río Capitán y el Abra Vieja, sumergimos sus cenizas."

El 19 de octubre, en el Sanatorio Anchorena, a las once menos diez de la noche, nació el hijo de Roberto Arlt y Elizabeth Shine. Su único nombre fue Roberto.

Encontrado en: http://www.brecha.com.uy/sic/n758/lupa.html


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jueves, marzo 26, 2009

It was the best of times

It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way—in short, the period was so.

*
(Continúa)

Charles Dickens: A Tale of Two Cities


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miércoles, marzo 25, 2009

The Horror in Clay


Uno de los mitos de Cthulhu en Lego


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lunes, marzo 23, 2009

A poet can survive everything but a misprint

Oscar Wilde: Complete Works



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domingo, marzo 22, 2009

Der Vorleser (1995)

El Lector, de Bernhard Schlink (1944 – )




En Alemania se está dando lo que suele llamarse “literatura de los nietos”, es decir: de narradores pertenecientes a la tercera generación desde la Segunda Guerra Mundial. Esto no es propio únicamente del nazismo sino de experiencias límites que funcionan como bisagras en la vida de una nación. La primera es culpable de forma activa o pasiva; la segunda los denuncia o los calla; la tercera tiene el deber de ser superadora de ellos sin poder olvidarlos.

Así como la primera generación de un totalitarismo impone una norma por medio de la ley o por los hechos, la segunda denosta a ésta y la señala como bárbara durante la educación de la tercera. De esta manera mponen tabúes, por imposición del poder los primeros y por condena los segundos. El rol de los terceros se aleja tanto de la historia viva como de la historiografía: su lugar es literario.

El lugar de esta novela pertenece a esta última clase; no por el autor, ya que nació durante la guerra, sino porque su irrupción en el mundo literario corresponde a la década del noventa, de modo que funcionalmente se acopla a este proceso donde los nietos enfrentan los tabúes de padres y abuelos. El tema es el romance de un estudiante con una ex guardia nazi, relación que se establece mediante la lectura que él le hace a ella de libros durante sus encuentros furtivos.

Asombra que el castellano no tenga un verbo para referirse a la lectura en voz alta. El idioma alemán sí y es el que forma el sustantivo del título. La diferencia que implica la lectura en voz alta es un auditorio; asimismo en su aplicación moderna la lectura en voz alta tiene un matiz legislativo o educativo. Ambas vertientes son las que configuran la matriz de El Lector.
(Continúa)
En primera instancia, la cuestión educativa: el protagonista mismo es seducido por una mujer veinte años mayor que lo inicia sexualmente. Él mismo es a su vez estudiante secundario, pero lo que más lo influye en lo que conocemos de su vida no va a ser el conocimiento académico sino esta experiencia, no sólo por el choque con la realidad sino por la lectura literaria. Ella con él es seductora, una palabra que en alemán es verführerisch y contiene en sí misma la palabra referida al guía o líder, de esta manera y otras se traza una línea entre la sexualidad y el poder.

En segunda instancia, la cuestión legislativa: años después de la desparición de Hanna, Michael la encuentra en un proceso a criminales nazis. Mientras ella está siendo juzgada él forma parte de una comisión de estudiantes que observa el caso. Él no es parte de los que deciden legislativamente, pero sí podría intervenir puesto que conoce un secreto de ella que empeora claramente la situación: su analfabetismo. Él podría colaborar con la ley, pero no lo hace para no exponerla a Hanna.

Como puede verse ambos tópicos se interrelacionan continuamente: la seducción implica una dominación legalmente aceptada; Michael traza queriendo o no un paralelo consigo mismo y con las víctimas de la dominación de la guardia nazi, por lo que la novela corre el riesgo continuo de banalizarse al perder la perspectiva de lo que realmente se debe juzgar. No obstante conserva el equilibrio, puesto que Michael a su vez es estudiante de derecho: la concentración del ámbito educativo y legislativo. Él, como parte de la segunda generación, se dedica laboralmente a la historia del derecho; pero ya como narrador en su madurez se ubica en la tercera generación. La literatura, tanto como seducción a Hanna como discurso aceptado en su sociedad, obtiene un status superador de los tabúes.

Se perfila como virtud, debido a su aparición tardía, el análisis no sólo de una situación del Holocausto sino también de los materiales que hoy en día lo estudian, como por ejemplo la proliferación de imágenes que circula mediáticamente. ¿Cuáles son las consecuencias de la narración del totalitarismo? ¿En qué medida fosiliza o vivifica la conmoción que debe producir?


A pluma o a máquina, así escribe

"Y empecé a hablarles de ella a otras mujeres. Y no sólo de ella; también les contaba sobre mí mismo más de lo que le había contado a Gertrud. Todo para que pudieran comprender de algún modo lo que hubiera de extraño en mi comportamiento o en mi humor. Pero no tenían demasiadas ganas de escuchar. Me acuerdo de Helen, la americana, profesora de literatura, que, cuando le contaba ese tipo de cosas, me acariciaba la espalda como para consolarme, sin decir palabra, y seguñia muda y acariciándome la espalada cuando yo paraba de hablar. Gesina, la pscioanalista, me decía que tenía que analiazar mi relación con mi madre. ¿o me había dado cuenta que mi madre apenas aparecía en mi historia? Hilke, la dentista, me preguntaba constantemente por mi vida antes de que nos conociéramos, pero cuando le contaba algo, lo olvidaba de inmediato. Así que acabé dejando de hablar. Lo que cuenta no son las palabras, sino los hechos; así que, bien mirado, ¿para qué hablar?"


Lecturas relacionadas (de todo tipo y factor)

Primo Levi: Si esto es un hombre
Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas
Walter Benjamin: "Tesis sobre el concepto de Historia"
Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén
Art Spiegelman: Maus


Y si lo que te gusta es el cine

The Reader, de Stephen Daldry
Schindler’s List, de Steven Spielberg
The End of the Affair, de Neil Jordan


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jueves, marzo 19, 2009

I'll make my report

I'll make my report as if I told a story, for I was taught as a child on my homeworld that Truth is a matter of the imagination. The soundest fact may fail or prevail in the style of its telling: like that singular organic jewel of our seas, which grows brighter as one woman wears it and, worn by another, dulls and goes to dust.

*
(Continúa)

Ursula Le Guin: The Left Hand of Darkness


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miércoles, marzo 18, 2009

In progress




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martes, marzo 17, 2009

The Fringe Benefits of Failure, and the Importance of Imagination

J.K. Rowling, author of the best-selling Harry Potter book series, delivers her Commencement Address, “The Fringe Benefits of Failure, and the Importance of Imagination,” at the Annual Meeting of the Harvard Alumni Association.

President Faust, members of the Harvard Corporation and the Board of Overseers, members of the faculty, proud parents, and, above all, graduates.


The first thing I would like to say is ‘thank you.’ Not only has Harvard given me an extraordinary honour, but the weeks of fear and nausea I have endured at the thought of giving this commencement address have made me lose weight. A win-win situation! Now all I have to do is take deep breaths, squint at the red banners and convince myself that I am at the world’s largest Gryffindor reunion.

Delivering a commencement address is a great responsibility; or so I thought until I cast my mind back to my own graduation. The commencement speaker that day was the distinguished British philosopher Baroness Mary Warnock. Reflecting on her speech has helped me enormously in writing this one, because it turns out that I can’t remember a single word she said. This liberating discovery enables me to proceed without any fear that I might inadvertently influence you to abandon promising careers in business, the law or politics for the giddy delights of becoming a gay wizard.

You see? If all you remember in years to come is the ‘gay wizard’ joke, I’ve come out ahead of Baroness Mary Warnock. Achievable goals: the first step to self improvement.
(Continúa)
Actually, I have wracked my mind and heart for what I ought to say to you today. I have asked myself what I wish I had known at my own graduation, and what important lessons I have learned in the 21 years that have expired between that day and this.

I have come up with two answers. On this wonderful day when we are gathered together to celebrate your academic success, I have decided to talk to you about the benefits of failure. And as you stand on the threshold of what is sometimes called ‘real life’, I want to extol the crucial importance of imagination.

These may seem quixotic or paradoxical choices, but please bear with me.

Looking back at the 21-year-old that I was at graduation, is a slightly uncomfortable experience for the 42-year-old that she has become. Half my lifetime ago, I was striking an uneasy balance between the ambition I had for myself, and what those closest to me expected of me.

I was convinced that the only thing I wanted to do, ever, was to write novels. However, my parents, both of whom came from impoverished backgrounds and neither of whom had been to college, took the view that my overactive imagination was an amusing personal quirk that would never pay a mortgage, or secure a pension. I know that the irony strikes with the force of a cartoon anvil, now.

So they hoped that I would take a vocational degree; I wanted to study English Literature. A compromise was reached that in retrospect satisfied nobody, and I went up to study Modern Languages. Hardly had my parents’ car rounded the corner at the end of the road than I ditched German and scuttled off down the Classics corridor.

I cannot remember telling my parents that I was studying Classics; they might well have found out for the first time on graduation day. Of all the subjects on this planet, I think they would have been hard put to name one less useful than Greek mythology when it came to securing the keys to an executive bathroom.

I would like to make it clear, in parenthesis, that I do not blame my parents for their point of view. There is an expiry date on blaming your parents for steering you in the wrong direction; the moment you are old enough to take the wheel, responsibility lies with you. What is more, I cannot criticise my parents for hoping that I would never experience poverty. They had been poor themselves, and I have since been poor, and I quite agree with them that it is not an ennobling experience. Poverty entails fear, and stress, and sometimes depression; it means a thousand petty humiliations and hardships. Climbing out of poverty by your own efforts, that is indeed something on which to pride yourself, but poverty itself is romanticised only by fools.

What I feared most for myself at your age was not poverty, but failure.

At your age, in spite of a distinct lack of motivation at university, where I had spent far too long in the coffee bar writing stories, and far too little time at lectures, I had a knack for passing examinations, and that, for years, had been the measure of success in my life and that of my peers.

I am not dull enough to suppose that because you are young, gifted and well-educated, you have never known hardship or heartbreak. Talent and intelligence never yet inoculated anyone against the caprice of the Fates, and I do not for a moment suppose that everyone here has enjoyed an existence of unruffled privilege and contentment.

However, the fact that you are graduating from Harvard suggests that you are not very well-acquainted with failure. You might be driven by a fear of failure quite as much as a desire for success. Indeed, your conception of failure might not be too far from the average person’s idea of success, so high have you already flown.

Ultimately, we all have to decide for ourselves what constitutes failure, but the world is quite eager to give you a set of criteria if you let it. So I think it fair to say that by any conventional measure, a mere seven years after my graduation day, I had failed on an epic scale. An exceptionally short-lived marriage had imploded, and I was jobless, a lone parent, and as poor as it is possible to be in modern Britain, without being homeless. The fears that my parents had had for me, and that I had had for myself, had both come to pass, and by every usual standard, I was the biggest failure I knew.

Now, I am not going to stand here and tell you that failure is fun. That period of my life was a dark one, and I had no idea that there was going to be what the press has since represented as a kind of fairy tale resolution. I had no idea then how far the tunnel extended, and for a long time, any light at the end of it was a hope rather than a reality.

So why do I talk about the benefits of failure? Simply because failure meant a stripping away of the inessential. I stopped pretending to myself that I was anything other than what I was, and began to direct all my energy into finishing the only work that mattered to me. Had I really succeeded at anything else, I might never have found the determination to succeed in the one arena I believed I truly belonged. I was set free, because my greatest fear had been realised, and I was still alive, and I still had a daughter whom I adored, and I had an old typewriter and a big idea. And so rock bottom became the solid foundation on which I rebuilt my life.

You might never fail on the scale I did, but some failure in life is inevitable. It is impossible to live without failing at something, unless you live so cautiously that you might as well not have lived at all – in which case, you fail by default.

Failure gave me an inner security that I had never attained by passing examinations. Failure taught me things about myself that I could have learned no other way. I discovered that I had a strong will, and more discipline than I had suspected; I also found out that I had friends whose value was truly above the price of rubies.

The knowledge that you have emerged wiser and stronger from setbacks means that you are, ever after, secure in your ability to survive. You will never truly know yourself, or the strength of your relationships, until both have been tested by adversity. Such knowledge is a true gift, for all that it is painfully won, and it has been worth more than any qualification I ever earned.

So given a Time Turner, I would tell my 21-year-old self that personal happiness lies in knowing that life is not a check-list of acquisition or achievement. Your qualifications, your CV, are not your life, though you will meet many people of my age and older who confuse the two. Life is difficult, and complicated, and beyond anyone’s total control, and the humility to know that will enable you to survive its vicissitudes.

Now you might think that I chose my second theme, the importance of imagination, because of the part it played in rebuilding my life, but that is not wholly so. Though I personally will defend the value of bedtime stories to my last gasp, I have learned to value imagination in a much broader sense. Imagination is not only the uniquely human capacity to envision that which is not, and therefore the fount of all invention and innovation. In its arguably most transformative and revelatory capacity, it is the power that enables us to empathise with humans whose experiences we have never shared.

One of the greatest formative experiences of my life preceded Harry Potter, though it informed much of what I subsequently wrote in those books. This revelation came in the form of one of my earliest day jobs. Though I was sloping off to write stories during my lunch hours, I paid the rent in my early 20s by working at the African research department at Amnesty International’s headquarters in London.

There in my little office I read hastily scribbled letters smuggled out of totalitarian regimes by men and women who were risking imprisonment to inform the outside world of what was happening to them. I saw photographs of those who had disappeared without trace, sent to Amnesty by their desperate families and friends. I read the testimony of torture victims and saw pictures of their injuries. I opened handwritten, eye-witness accounts of summary trials and executions, of kidnappings and rapes.

Many of my co-workers were ex-political prisoners, people who had been displaced from their homes, or fled into exile, because they had the temerity to speak against their governments. Visitors to our offices included those who had come to give information, or to try and find out what had happened to those they had left behind.

I shall never forget the African torture victim, a young man no older than I was at the time, who had become mentally ill after all he had endured in his homeland. He trembled uncontrollably as he spoke into a video camera about the brutality inflicted upon him. He was a foot taller than I was, and seemed as fragile as a child. I was given the job of escorting him back to the Underground Station afterwards, and this man whose life had been shattered by cruelty took my hand with exquisite courtesy, and wished me future happiness.

And as long as I live I shall remember walking along an empty corridor and suddenly hearing, from behind a closed door, a scream of pain and horror such as I have never heard since. The door opened, and the researcher poked out her head and told me to run and make a hot drink for the young man sitting with her. She had just had to give him the news that in retaliation for his own outspokenness against his country’s regime, his mother had been seized and executed.

Every day of my working week in my early 20s I was reminded how incredibly fortunate I was, to live in a country with a democratically elected government, where legal representation and a public trial were the rights of everyone.

Every day, I saw more evidence about the evils humankind will inflict on their fellow humans, to gain or maintain power. I began to have nightmares, literal nightmares, about some of the things I saw, heard, and read.

And yet I also learned more about human goodness at Amnesty International than I had ever known before.

Amnesty mobilises thousands of people who have never been tortured or imprisoned for their beliefs to act on behalf of those who have. The power of human empathy, leading to collective action, saves lives, and frees prisoners. Ordinary people, whose personal well-being and security are assured, join together in huge numbers to save people they do not know, and will never meet. My small participation in that process was one of the most humbling and inspiring experiences of my life.

Unlike any other creature on this planet, humans can learn and understand, without having experienced. They can think themselves into other people’s places.

Of course, this is a power, like my brand of fictional magic, that is morally neutral. One might use such an ability to manipulate, or control, just as much as to understand or sympathise.

And many prefer not to exercise their imaginations at all. They choose to remain comfortably within the bounds of their own experience, never troubling to wonder how it would feel to have been born other than they are. They can refuse to hear screams or to peer inside cages; they can close their minds and hearts to any suffering that does not touch them personally; they can refuse to know.

I might be tempted to envy people who can live that way, except that I do not think they have any fewer nightmares than I do. Choosing to live in narrow spaces leads to a form of mental agoraphobia, and that brings its own terrors. I think the wilfully unimaginative see more monsters. They are often more afraid.

What is more, those who choose not to empathise enable real monsters. For without ever committing an act of outright evil ourselves, we collude with it, through our own apathy.

One of the many things I learned at the end of that Classics corridor down which I ventured at the age of 18, in search of something I could not then define, was this, written by the Greek author Plutarch: What we achieve inwardly will change outer reality.

That is an astonishing statement and yet proven a thousand times every day of our lives. It expresses, in part, our inescapable connection with the outside world, the fact that we touch other people’s lives simply by existing.

But how much more are you, Harvard graduates of 2008, likely to touch other people’s lives? Your intelligence, your capacity for hard work, the education you have earned and received, give you unique status, and unique responsibilities. Even your nationality sets you apart. The great majority of you belong to the world’s only remaining superpower. The way you vote, the way you live, the way you protest, the pressure you bring to bear on your government, has an impact way beyond your borders. That is your privilege, and your burden.

If you choose to use your status and influence to raise your voice on behalf of those who have no voice; if you choose to identify not only with the powerful, but with the powerless; if you retain the ability to imagine yourself into the lives of those who do not have your advantages, then it will not only be your proud families who celebrate your existence, but thousands and millions of people whose reality you have helped change. We do not need magic to change the world, we carry all the power we need inside ourselves already: we have the power to imagine better.

I am nearly finished. I have one last hope for you, which is something that I already had at 21. The friends with whom I sat on graduation day have been my friends for life. They are my children’s godparents, the people to whom I’ve been able to turn in times of trouble, people who have been kind enough not to sue me when I took their names for Death Eaters. At our graduation we were bound by enormous affection, by our shared experience of a time that could never come again, and, of course, by the knowledge that we held certain photographic evidence that would be exceptionally valuable if any of us ran for Prime Minister.

So today, I wish you nothing better than similar friendships. And tomorrow, I hope that even if you remember not a single word of mine, you remember those of Seneca, another of those old Romans I met when I fled down the Classics corridor, in retreat from career ladders, in search of ancient wisdom:
As is a tale, so is life: not how long it is, but how good it is, is what matters.
I wish you all very good lives.
Thank you very much.


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